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Editorial El Nacional: Todos para presidentes

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El primer vicepresidente de la AN, diputado Enrique Márquez, nos ha sorprendido con una declaración según la cual todos los políticos quieren ser presidentes de la república. De lo contrario, no son políticos. Pese a que se trata de un lugar común, de una frase hecha, o quizá seguramente por eso, no ha causado revuelo la afirmación.

Merece un comentario, sin embargo, debido a que en realidad la política no consiste en que cada dirigente mayor o menor quiera ocupar la primera magistratura, por una parte; y a que, a estas alturas de la situación venezolana, la masa no está para semejantes pretensiones.

Se supone que la política es una vocación de servicio público, es decir, un trabajo en procura del bien común a través del cual ocupan su lugar aquellos que se deciden por el tortuoso camino de la atención de la ciudadanía. La política viene a ser, entonces, un acto de desprendimiento, una entrega al prójimo en el mejor y más sacrificado empeño que no busca retribución. Es también una búsqueda de poder y una voluntad de dominación sobre la cual no conviene discutir, porque sería pelear en vano contra las evidencias de la historia, pero esos empeños deben orientarse siempre en beneficio de la sociedad.

Tal y como lo ha planteado el vicepresidente de la AN, en el ejercicio de la política predomina o debe predominar la ambición de sentarse en la silla presidencial, como si se tratara de una obligación ineludible que legitima el trabajo de los políticos.

Sin ignorar que en cada político late un corazoncito presidenciable, sin negar que sus faenas no dependen del desprendimiento personal, es evidente que las altas miras a través de cuya brújula debe manejarse la actividad de los hombres públicos quedan mal paradas. No pueden ser tan estrechas ni tan orientadas a la meta del poder supremo, aunque no falten aquellos que sueñen con escuchar el himno nacional cuando se levantan de la cama.

La afirmación es susceptible de crítica en términos generales, pero también si se consideran los aprietos de la actual situación venezolana. No parece sensato hablar de pretensiones candidaturales en medio de las urgencias que consumen a la sociedad. No es tiempo de mentar la soga en la casa del ahorcado, cuando ni siquiera existe el taburete que utilizaría el pretendiente para mecerse frente a los ojos del pueblo en espera de una aclamación.

Cuando la MUD no aparece como un bloque compacto, aún frente a desafíos primordiales como el revocatorio, no solo es inoportuno e impertinente insinuar que algunos de sus líderes estén pensando en estrenarse de candidatos presidenciales. A menos que, en el fondo de sus declaraciones, el vicepresidente de la AN haya querido develar una red de ambiciones tan extemporáneas como sus declaraciones.

Si es así, las palabras del diputado vicepresidente crecen en su gravedad, en su descubrimiento de intereses camuflados en las batallas esenciales que deberían predominar frente al madurismo. En política siempre el sábado llega primero que el domingo; pero en ocasiones, tratando de burlarse del árbitro, a un jugador en posición adelantada le da la gana de trastocar el almanaque. ¿Es eso lo que anunció el declarante?







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