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Homicidios y drogas: El infierno detrás de la Gran Misión Vivienda Venezuela

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Una trinchera de guerra y una guarida de lobos sedientos de sangre, así se describe a los edificios de la Gran Misión Vivienda Venezuela (GMVV), situados en el puente Los Leones de La Paz.

En la entrada principal dividida entre dos edificios, que tienen cada uno 12 pisos y delimitados en bloques por letras, se observa un grupo de entre tres a cuatro sujetos, de edades entre los 18 a 25 años, vestidos con blue jeans, franelillas y con gorras. Además, uno de ellos deja ver la empuñadura de un arma de fuego, están en este lugar como vigilantes, observando detalladamente a todo aquel que pase por el sitio y si tiene una actitud extraña, le preguntan para dónde va.

Luego de pasar la entrada principal se llega a la plaza que tiene un pequeño parque, donde no está ni a un solo niño jugando. Un punto que está solo, abandonado, no se aprecia a personas sentadas en los banquitos, como se vería normalmente en un sitio de recreación y esparcimiento.

Si subes la mirada, como observando el cielo, percibes que en la azotea se encuentran entre dos y tres individuos, como si fueran francotiradores. Desde la terraza vigilan los alrededores de los edificios y están atentos por si tienen que actuar ante un enfrentamiento.

Ya en el interior del bloque D del edificio de la GMVV la oscuridad se apodera del lugar, los ascensores no funcionan y las escaleras fungen como la única opción para llegar a los apartamentos. Los primeros pisos dicen que son los más tranquilos. A medida que se suben los escalones, se aprecian residencias, donde venden donas, alquilan teléfonos y al llegar a los pisos superiores, entre el 10, 11 y 12, la realidad es otra. Hay un silencio sombrío. No hay nadie que te reciba con los brazos abiertos, todos están dentro de sus hogares resguardados, porque que en estos pisos es donde se presentan más hechos de violencia y donde presuntamente hay armas y venta de drogas.

Enfrentamientos con la marca, malicia

Ana Pérez (nombre ficticio para resguardar su vida) contó a El Cooperante su suplicio diario al vivir en estos edificios, a quien los vecinos han llamado Yare (nombre de una de las peores cárceles venezolanas).

Ana narra que en estos inmuebles, que son llamados por el Gobierno “viviendas dignas”, hay dos bandas enfrentadas. Una que opera en el bloque A y la otra en el bloque D. Estos antisociales se enfrentan por el control de la distribución de la droga, por ello se matan entre sí. También efectúan robos en los alrededores de La Paz, principalmente en los edificios cercanos a la GMVV. Además de que reciben vehículos robados y los desvalijan, tomando cada uno su parte.

Los miembros de estas bandas son relativamente jóvenes y normalmente los enfrentamientos se presentan los viernes y sábados. En días de semana, se repite dependiendo del altercado entre los hampones.

La informante relata que cuando bandas criminales de zonas como la parroquia La Vega llegan a estos edificios para enfrentarse con las bandas que dominan las “viviendas dignas” se presenta una fuerte batalla campal, donde la “plomamentazón” se vuelve larga, espesa y lo que escuchan son gritos, órdenes, muertes, malas palabras, destrozos, voces agitadas y alboroto.

Ana rememora esas tétricas escenas. Ha presenciado en primera fila un sinfín de enfrentamientos en los cinco años que tiene viviendo allí. Ha visto cómo han asesinado a más de 15 personas entre inocentes y hampones, lo ha olido, sentido. Lo ha vivido.

Inocentes pagan por los pecadores

Los residentes de la zona muestran su horror y viven en zozobra constante por lo que les pueda suceder cuando se registran los intercambios de tiros entre las bandas rivales.

La mayoría se resguarda desde las 07:00 de la noche en sus apartamentos y no salen hasta el día siguiente. Pero hay unos que no han podido salvarse y han quedado en la línea de fuego durante los enfrentamientos entre delincuentes.

Ana Pérez rememora que en febrero, en pleno intercambio de tiros entre hampones, ultimaron a una mujer que tenía ocho meses de embarazo. En la línea de fuego también quedó la vida de un ciudadano cuya edad oscilaba entre 30 a 40 años.

Otro enfrentamiento entre bandas de La Vega y la GMVV también tuvo como saldo una niña de cuatro años de edad asesinada por un disparo, otra muerte que sumada a la de un taxista de 34 años que pereció tras recibir un tiro en el ojo, engrosan el libro negro de homicidios que tiñen de sangre estas instalaciones.

Policía que se asome, lo amenazan con matarlo

Las bandas que dominan en las “viviendas dignas” les prohibieron a los funcionarios policiales y militares que ingresen al edificio.

“Ellos les dijeron que si entran allí los van a matar”, narra Ana.

Los funcionarios “atrevidos” que asisten a esta GMVV solo se llevan los cuerpos que dejan los enfrentamientos y no regresan a inspeccionar este lugar.

La informante contó que en una oportunidad las mujeres de los malandros que operan en este inmueble del Gobierno, les lanzaron botellas a los policías y les decían: “Vete de aquí, sapo”.

“Por eso ellos también tienen temor de cumplir con su trabajo”, expresa.

“Prefiero irme a un refugio que vivir en el infierno”

Ana, quien lleva al menos cinco años viviendo en esta edificación, manifiesta con dolor que prefiere irse a un refugio que quedarse en este lugar, a vivir en el “infierno”.

“Yo quiero que me saquen de aquí, así sea para un refugio. Por mis niños, por mi pareja que se va a las 06:00 de la mañana y regresa a las 07:00 de la noche”, alude en medio de sollozos esta madre y también abuela.

“Mi nieto pequeño, al escuchar la plomamentazón, comienza a imitar y me dice abuela escucha: ‘plo, plo’”, comenta Ana.

La residente de la GMVV manifiesta que “aquí estamos a la gracia de Dios, porque aquí no hay justicia de nada, aquí nos cuida es Dios. Eso no puede ser así. El justiciero es Dios, uno no puede estar matando a la gente así, los tratan como perros. Ellos se adueñaron de nuestras vidas”.

Ana cuenta que la mayoría de las veces se queda dentro de su hogar, así evita salir y ser alcanzada por la muerte.

“Yo a veces me ahogo aquí, lloro, me aburro. Todos los que vivimos aquí somos alcahuetas, porque no podemos denunciar a los malandros porque nos matan”, fueron las palabras finales de Ana antes de despedirse, de cerrar por instantes este episodio oscuro de su vida, antes de que cualquier disparo al aire o grito ahogado le recuerde que vive en una de las esquinas del infierno en la Tierra.

Elcooperante.com / Lysaura Fuentes


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