El mariachi venezolano que acompañó a Juan Gabriel – Yo Soy Venezolano

El mariachi venezolano que acompañó a Juan Gabriel

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El 28 de agosto una noticia golpeó a los latinos, estuviesen comiendo o trabajando en Caracas, Medellín, Madrid, París o Nueva York. El señor Alberto Aguilera Valadez, conocido como El Divo de Juárez, o simplemente Juan Gabriel, acababa de morir a los 66 años víctima de infarto en su casa en California.

Christian descansaba en el hotel cuando recibió la llamada mientras se miraba al espejo, y dice que sintió cómo la noticia que sacudió México le impactó de tal forma que vio de pronto su rostro empalidecer. ¿Cómo va a ser? Si dos noches antes dieron un recital súper exitoso en el Forum de Los Ángeles y se preparaban para ir a El Paso, Texas.

“En verdad fue doloroso, porque el señor Alberto (nunca lo llamamos Juan Gabriel) fue la experiencia más grande que he tenido en mi vida”, confiesa, vía Skype, el mariachi caraqueño que formó parte de orquestas venezolanas.

“Recuerdo que esa noche me tocó acompañarlo con un solo de violín mientras él cantaba Amor eterno, y me dijo en voz baja `muy bien muchacho’; pero con la presión no le di las gracias. Finalizamos el concierto y en el camerino seguíamos oyendo los aplausos, hasta que el señor Alberto se nos acercó y felicitó a los 36 músicos con un `nos salió muy bien, eh’”.

VENTE, VAS A TOCAR CON JUAN GABRIEL

Más de uno de sus vecinos de Juan Pablo II, en Montalbán, vio en mitad de la noche a Christian Estévez ataviado de mariachi, esperando que una camioneta negra lo recogiera. “Así empecé a ganarme la vida, cuando tuve que dejar la orquesta juvenil; mi papá murió de un ACV y había que ayudar en casa”.

Con tantos cumpleaños, aniversarios de bodas o matrimonios, y las infaltables fiestas de 15 años, Christian se entregó de lleno a un oficio “en el que no paras nunca”. Pero cuando sintió que el Gobierno venezolano puso la palanca de retroceso y el teléfono de la banda dejó de sonar, Esteves optó por trabajar de mariachi y se fue a México. Una osadía que, asegura, le trajo más apuros que satisfacciones.

“Entré a la orquesta (de Juan Gabriel) de forma inesperada. Nunca me ofrecí ni soñé siquiera con eso. Yo tocaba en Guardalajara y un compañero me dijo que alguien estaba interesado en que tocara en su orquesta, y me animó a enviar mi currículo y un demo con mis interpretaciones. Un día me informa que están interesados en mí, que debía hacer unas audiciones, que ya me habían aceptado. Entonces yo le digo: `un momento ¿para quién?’, y mi amigo me grita emocionado: `quieren que toques en la orquesta de Juan Gabriel’. ¡Guao!, fue mi primera palabra. Entonces entré a Los mariachis de mi tierra, que llevaban 36 años acompañando a Juan Gabriel. Eso fue maravilloso, una bendición y un aprendizaje”.

Expresa con alegría y dolor que él no tuvo la oportunidad de convivir con el Divo de Juárez mucho tiempo pero “sí tuve la ocasión en varias ocasiones de estrechar su mano. En un ensayo general en su casa en Cancún, y en sus conciertos, siempre nos hacía un gesto de agradecimiento. Siempre era alegre y agradecido con todo su equipo de músicos, muy preocupado por darle a su público lo que querían de él. Él mismo elegía los temas que se tocaban, el orden de las canciones y acomodaba la música ya escrita a su necesidad: si había un tema que estuviera sobrecargado de instrumentación, lo simplificaba a su gusto sirviendo así para poder improvisar”.

MÁS QUE MITO, ERA UN MAESTRO”

Para Christian Esteves, de 30 años, la muerte de Juan Gabriel es una herida a la música popular. “Era exigente y perfeccionista, pero no gritaba ni llegaba a ofender… no le gustaba la violencia. Yo digo que era como sus canciones. No tengo que repetirte lo que ha dicho toda la prensa, que ha sido el más grande compositor que ha tenido México, Latinoamérica y casi en todo el mundo. Que sus canciones, desde rancheras, guapangos, corridos o baladas sonaban distinto cuando él las cantaba. Todos los que pertenecimos a la orquesta, seguiremos perteneciendo a la empresa de Juan Gabriel”.

“¿Qué es lo que más sorprende? Primero, su calidad humana y luego esa facilidad para escribir y componer las cientos de canciones que nadie las cantaba como él, y hasta nos decía cómo debíamos entrar en sus improvisaciones o cómo hacer para que el violín ganara protagonismo, era único. Sus letras llegaban al corazón. Yo vi hombres con caras de macho llorar cuando él cantaba”.

EL ÚLTIMO RECITAL

“Yo no vi nada extraño en él cuando subimos al escenario (la última vez). Él llevaba un traje negro con una camisa azul y una pañoleta deslumbrante, su risa era indiscutible; y ahí estábamos todos los mariachis y más de 20 bailarines. Ni por parte del señor Alberto ni por parte del público se vio algo diferente. Era el tercer concierto y nos salió estupendo, porque ya habíamos arreglado ciertos detallitos e hicimos todos los arreglos importantes. Estábamos preparados para la gira por todo EEUU. Era el show más grande que había dado el señor y yo sí lo vi emocionado, sonreía y cantó como nunca. No estuvo indispuesto”.

“Ahora recuerdo todo. Él vio ese concierto en Los Ángeles como un gran reto y así nos lo dijo. Como el lugar era muy grande, al señor Alberto le pusieron cuatro sillas, una en cada parte del escenario. Porque él se desplazaba a lo largo del escenario y tenía que descansar; pero esa vez lo hizo con mucha tranquilidad y normalidad. Esos tres espectáculos fueron exigentes, mucho público, y él quería cantar todas las canciones que le pedían. Como él improvisaba mucho, hacía una señal para que algún instrumento se acercara e hiciera un solo que él escucha atento, era su instante para descansar, y entonces volvía a cantar tres, cinco, siete hasta diez canciones sin parar. En uno de esos descansos me indicó que le acompañara y saqué fuerzas para Amor eterno. Fue la última que le vi sonreír”.

Talcualdigital.com


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