Matute: Ni Chávez era médico ni Maduro sabe sumar – Yo Soy Venezolano

Matute: Ni Chávez era médico ni Maduro sabe sumar

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Todas las tardes, de lunes a viernes, después de una extenuante jornada que a veces comenzaba a las 5 de la mañana en su consulta privada, mi papá se iba a las oficinas del Instituto de Previsión y Asistencia Social del Ministerio de Educación. Allí había consultorios para diversas especialidades médicas a disposición de los trabajadores de ese despacho. Mi papá era el pediatra de la tarde.

A veces las maestras pedían reposo con la excusa de un hijo enfermo; cuando lo ameritaba, claro que se los daba. Pero diferente era el caso cuando la docente lo que quería era tiempo libre, no asistir al salón de clases, no cumplir con su responsabilidad. Mi papá se los negaba, y por ello muchas les tenían ojeriza. Sin embargo, después de su muerte, alguna se me acercó en la calle, en Los Teques, para decirme que mi padre fue el mejor pediatra del mundo, “malhumorado, estricto, pero dulce como un abuelo con los niños”.

Mi papá se jubiló del Ministerio de Educación, y después de su muerte mi mamá pasó a ser beneficiaria como sobreviviente. Como todos los enero de cada año, nos tocó llevarla a llenar la fe de vida (sí, este requisito se exige en el ministerio, no tiene nada que ver con el seguro social). Ana Alcira siempre fue muy detallista, con los ojos abiertos como dos platos viendo todo, nada se le escapaba. Pero conforme pasan los años, se da menos cuenta de su entorno, y esta mañana lo agradecí, porque si se hubiera fijado, le hubiera generado un sentimiento de rabia que le hubiera durado todo el día, con las consecuencias negativas que tiene para su ya deteriorado estado de ánimo.

Bien organizados están en el Ipasme para recibir a los jubilados. Sillas bajo techo, mesón con computadoras, amabilidad y puntualidad. Lo que no vio mi mamá fue que justo en frente había un gran afiche de Chávez con una bata de médico y un estetoscopio. Recordé el alarde que hacía el finado con eso de que era capaz de hacer una intervención quirúrgica.

Luego lo entendí todo, la degradación del profesionalismo, el menosprecio por la preparación universitaria, por la universidad. Chávez era un gran cínico, pero tenía cierto grado de inteligencia, yo creo que muy cerca de un psicópata, porque no daba puntada sin dedal y sabía (o le enseñaron los cubanos) como enviar mensajes sin ni siquiera decir una palabra. El desdén por la meritocracia, la imposición de lo improvisado, de la falta de moral y de ética en una sola foto.

Menos mal que no me tocó nunca llevar a mi papá, se hubiera retorcido. Él era tan estricto que decía cosas como que un médico con la bata abierta era un chichero. Un militar golpista jamás podrá vestir el traje de un demócrata.

Esa inteligencia es un bien que no heredó el hijo más preciado. Porque Nicolás no sabe sumar, aunque abunda en la maldad y el deseo de hacer daño.

Le explico al mandante para ver si entiende. Necesito dos billeticos de Simón Rodríguez para comprar un paquete de azúcar con stevia (la única que se consigue), y me devuelven un billetico de Luisa. No es un lujo, Nicolás, con ese kilo endulzo la avena de la abuelita, el café con leche de la muchacha que se va a la universidad y que no puede tomarse nada en la calle porque no nos alcanza.

¿Le parece, Nicolás, que eso es acabar con la pobreza? ¿Le parece, Nicolás, que los que recogen de la basura cada mañana están dentro de ese 1,4% que dejaron de ser pobres en 2016? ¿Le parece, Nicolás? Lo que le falta de preparación académica le sobra en maldad.

El-nacional.com / Ana María Matute







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