Editorial de El Nacional: ¡Botas sí, votos no! – Yo Soy Venezolano

Editorial de El Nacional: ¡Botas sí, votos no!

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En místico trance sobre un Chimborazo de cartón, Hugo Chávez, quizá como resultado de una sobredosis de chicha andina o de guarapo de piña, tuvo una revelación: envuelto en el tricolor patrio, Simón le apremió a tomar el poder por la gloriosa vía de las armas; consecuencia de esa epifanía fue la cursi juramentación de los conjurados ante el Samán de Güere que condujo, el 4 de febrero de 1992, a la más chimba de las insurgencias que en el mundo han sido.

Recluido en Yare, donde una peregrinación de oportunistas hacía antesala para ponerse “a sus órdenes, mi comandante, mire usted que la oportunidad la pintan calva y los partidos está desprestigiados y cachucha y mondongo es lo que quiere Juan Bimba…”; a su ordenes, sí, y de tal guisa discurría el discurso de insepultos cadáveres políticos que vieron en el teniente coronel el portaviones para su ascenso a posiciones que, ni en la más delirante de sus fantasías, llegaron a vislumbrar.

Al poder hay que llegar con balas y no con votos porque sin violencia no hay revolución. Eso era lo que pensaba Hugo Chávez Frías –e incluso, llegó a proponer que se hiciese campaña en favor del voto nulo y la abstención–, pero no así Luis Miquilena, el más curtido y aguerrido de los políticos que lo visitaron durante su cautiverio: “Votos, Hugo Rafael, que con tu ¡por ahora…! ya tenemos el camino abierto y bien resuelto”. Entonces se derrumbó AD, se desinfló Irene y pasó a reinar la antipolítica.

El mandado estaba hecho y los votos, aunque disminuidos por una abrumadora abstención, legitimaron una “revolución pacífica, pero armada”, como advirtió amenazadoramente el comandante que, en lo adelante, valoró los comicios, siempre que le fuesen favorables, como el camino idóneo para consolidar su autoritarismo. Elecciones, muchas, entonces. Y mondongo misionero, para que todos voten rojo.

No le hizo ninguna gracia a Chávez que su reforma constitucional fuese rechazada por el electorado –el CNE todavía está en mora con las cifras definitivas de esa consulta– y de nuevo se puso remolón con el sufragio. Con su desaparición física, la militarización acelerada del régimen, y las tundas recibidas por Maduro, el gobierno optó por el golpe de Estado continuado.

Ya no se trata de boicotear la Asamblea Nacional o de usar la Sala Constitucional como guillotina oficial. Lo que se busca es acabar con la soberanía popular, conculcado el derecho al voto secreto, directo y universal, y remplazarlo por un sistema similar al de los regímenes de partido único. Un gigantesco paso en tal sentido se está dando con el proceso de renovación de los partidos políticos que, de manera ilegal, adelanta el CNE.

Un descaro que no tiene nombre, orientado a eliminar toda competencia al PSUV. Esa es la verdad verdadera, porque no hay la más mínima posibilidad de que el gobierno y sus candidatos puedan imponerse en elección alguna.

La gran pregunta es si los militares –de ser cierto que gracias a su mediación se reconoció la victoria opositora en las parlamentarias de 2015– cumplirán con su deber de defender la Constitución a toda costa. O, por el contrario, meterán sus manos en la jofaina de Pilatos.

El-nacional.com


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