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Editorial El Nacional: Cuando la tortura no existe

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El señor Maduro (de alguna manera hay que mencionarlo) decidió que si alguna víctima que haya sobrevivido, o quizás un familiar o, peor, un periodista, se atreve a denunciar una arbitrariedad, un atropello (quizás un empujón, un pellizco en la oreja o una suave bofetada cual pétalo caído de un rosal, ¡ay!) cometido por las fuerzas represivas del régimen, de los paramilitares chavistas o de las penosas señoras y señores que mueven sus adiposidades al son de la salsa del madurismo moribundo, embutidas en uniformes más aptos para campesinas rusas, este abusador de la libertad de prensa que impera en Venezuela desde la llegada al poder del inmortal Hugo Chávez, pues debe ser conducido a cadalso como los patriotas anteriores al 19 de Abril de 1810.

Y no podemos dejar de apoyar tan inmarcesible iniciativa de nuestro guía espiritual, que no ideológico, porque compararlo con Hugo sería una bofetada histórica al resto de los prohombres que acompañaron desde el Samán de Güere al posmoderno libertador de esta tierra de gracia, o tal vez de desgracia. Su muerte nos ha dejado en la orfandad más lacerante y oscura, a punto de que quien lo sustituye no puede hacer otra cosa que remendar la historia y zurcir, ¡qué digo! bastardear si acaso, la magna obra, de nuestro máximo cantante nacional.

Nadie entiende la razón que ha llevado, así de repente, al señor Maduro a prohibir ciertos aspecto de la vida policial que son prácticas reiteradas e históricas de nuestra vida política, y forman parte de la literatura de tantos países azotados por dictaduras militares o civiles. Grandes obras universales y sus autores han sido reconocidos con el premio Nobel, aclarando modestamente este lado oscuro de los gobiernos autoritarios. Claro está que el señor Maduro no calza por lo momentos (¿o sí?) los puntos suficientes para ser tildado de tal pero, a no dudarlo, según dicen, está a punto de lograrlo.

La cuestión está en que si llega a esa cúspide no lo vamos a saber con certeza porque con esta prohibición contra la prensa en el sentido de que quien informe sobre torturas, batazos en las costillas o colillas apagadas en los ojos, será objeto de juicio y prisión, los periodistas caminarán a ciegas entre tantas denuncias que, por su número y por el secretismo oficial, nadie sabrá a ciencia cierta si son “fantasías de mentes afiebradas”, como diría el poeta de muchos músculos y pocas defensas morales.

Ayer el señor Maduro dijo, demostrando su vocación profundamente democrática, que había aprobado elevar el número de milicianos en medio millón (con “su fusil garantizado”), por sugerencia del general Padrino, patriótico gesto de un ministro de la Defensa que, luego de izar bandera en un islote del Arauca, se retiró y lo dejó libre para disfrute de los colombianos. Dicen que el presidente Juan Manuel Santos bendijo al ahijado.

Lo preocupante es que nuestras honrosas Fuerzas Armadas se estén preparando para atacar un enemigo inexistente como no sean los propios venezolanos que, desarmados y hambrientos, salen a protestar ante los batallones de nuevos ricos, tanto civiles como militares.


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